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Autonomía y Consentimiento Desinformado

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Autonomía y Consentimiento Desinformado

Mensaje por Medstudents UNICAH el Agosto 19th 2011, 3:46 am

Autonomía y Consentimiento Desinformado

Con el advenimiento de la medicina centrada en el paciente, se empezó a esbozar uno de los principios más importantes de la bioética, el de autonomía. El gradual abandono de la medicina paternalista del siglo XX llevó a la revalorización de la autonomía del paciente, y en base a esto se comienza a manejar el concepto del ‘consentimiento informado’. Pero no todo es tan simple y claro como parecería.




El consentimiento informado tiene dos perspectivas según el ojo con el que uno lo mire. Desde el punto de vista de la bioética es un proceso, que generalmente se prolonga en el tiempo, durante el cual el paciente recibe información completa, veraz y entendible sobre su padecimiento, las opciones diagnósticas y terapéuticas posibles, cada cual con sus ventajas y complicaciones. Todo ello con el objeto de que el paciente pueda escoger la opción que más le agrade (o menos le desagrade) en el abanico de opciones terapéuticas. El consentimiento informado así entendido es el que le saca el poder de decisión al médico y se lo devuelve al principal actor del proceso salud-enfermedad: el paciente. Pero el consentimiento informado también es un artilugio legal. En un mundo donde la judicialización de la medicina es una realidad, el consentimiento informado permite a los médicos escudarse o quedar expuestos en algunas situaciones espinosas y que puedan terminar en manos de un juez. Para simplificar esta función del consentimiento informado, se ha convertido en un documento legal que, adjuntando en la historia clínica, cumple función de ‘resumen’ del consentimiento informado como lo entiende la bioética.

En la práctica diaria y debido a la sobrecarga de trabajo y el escaso tiempo disponible para dedicarle a cada paciente es frecuente que el consentimiento informado termine siendo simplemente un acto legal, donde el médico completa un formulario y el paciente lo lee, y lo firma. Si hay preguntas, podemos sentarnos cinco minutos a charlarlas. Mientras bajamos a quirófano, por ejemplo, con el paciente ya listo para la cirugía. Esto parecería una afrenta espantosa a la autonomía, pero es lo que pasa, por los tiempos que corren. Pero es por ello que es crucial que al menos ese documento que el paciente firma pueda informarlo de la mejor manera posible, al menos para que el paciente entienda lo que va a pasar, que puede salir mal y, por lo menos, pueda despertarle al mismo el espíritu inquisitivo que lleve al consentimiento más hacia el lado del proceso, que simplemente la firma de un acta. El documento debe ser lo más comprensible posible.

Curiosamente, un trabajo de Mueller y Reid publicado en el BMC Medical Ethics arroja algunos datos un tanto interesantes al respecto. En Estados Unidos existen documentos llamados advanced directive (algo así como ‘directivas presuntas’) cuyo objetivo es respetar la autonomía del paciente cuando este no está en condiciones de ejercerla libremente. Cubre situaciones hipotéticas, como por ejemplo la negativa a practicarle RCP en caso de paro cardiorrespiratorio (el famoso DNR[i]), la negativa a tratamientos heroicos para preservar la vida, etc. O sirve para delegar el poder de decisión en otra persona (constituyen un poder para nombrar al representante legal del paciente ante los médicos, quien será el encargado de tomar las decisiones de salud del paciente bajo determinadas circunstancias. Muchos de estos documentos ya vienen escritos y pre-impresos, enviados por las autoridades sanitarias competentes.

En el estudio tomaron 62 de estos documentos y se evaluó la dificultad de lectura, asignándosele un ‘nivel de lectura’ comparable con la escala de grados de la educación obligatoria en Estados Unidos (desde 1º grado hasta 12º grado). Como norma general, se recomienda que los textos debieran tener un nivel de dificultad que los haga comprensibles a una persona que haya completado el 5to grado de la enseñanza obligatoria. El nivel promedio en Estados Unidos de comprensión escrita alcanza al 8vo grado (1er año en el sistema pre-Ley Federal de Educación aquí en Argentina). A pesar de esto, el promedio de dificultad de lectura era del 12º grado (5º año aquí). Nos lleva a la pregunta obvia: ¿Qué diantres pasó con el principio de autonomía? Lo cierto es que probablemente los pacientes necesiten así de terceros para entender los documentos, o incluso que firmen documentos sin leerlos o sin preocuparse sobre lo que pueden llegar a decir. ¿Acaso no es una paradoja el consentimiento informado legal, ese documento que probablemente para muchos pacientes sea incomprensible y que es muy probable que firmen sin siquiera leerlo? Debemos procurar que los consentimientos informados no terminen siendo un ‘cheque en blanco’ para los médicos, ya que de este tipo de situaciones nacen luego los malos entendidos con los pacientes que erosionan la buena relación médico-paciente, corroen la confianza del paciente en el sistema de salud, y dañan nuestra imagen corporativa como profesionales de la salud.

Es por ello que es esencial preservar el consentimiento informado como ese proceso casi quimérico que pretende la bioética. Es una fantochada pretender que los pacientes lean algo que pueden no comprender, y que esa autorización sea válida desde el punto de vista moral y ético. No les pidamos a los pacientes que nos firmen cheques en blanco avalando nuestras acciones sobre su salud.
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